Perfiles Urbanos
Invisibilización

Empleadas domésticas, el trabajo que sostiene todo, pero que nadie ve: la experiencia de Gladys Sosa

Gladys junto a sus hijas y su nieta.
El nacimiento de su nieta marcó un antes y un después en su vida.
Gladys trabajó desde los 14 años como empleada doméstica, pero siempre en la informalidad.
Gladys siempre intenta estar en los momentos importantes de su familia, pese a tener mucho trabajo.
Pese a los momentos difíciles, como la perdida de un hijo, siempre salió adelante por su familia.

Esta es la historia de Gladys Sosa, una empleada doméstica de cincuenta y un años que desde los catorce se dedica al rubro. Su experiencia refleja la realidad de miles de mujeres que sostienen hogares ajenos mientras el Estado les da la espalda.

Gladys tiene 51 años y más de tres décadas de trabajo acumuladas, aunque en los papeles no figura casi nada. Comenzó a los 14, en una casa con cama adentro, apenas terminó la primaria.

Desde entonces, nunca paró. Lo que para muchos es un empleo transitorio o secundario, para ella fue –y sigue siendo– su vida entera. En tiempos en que la Argentina ha eliminado la moratoria previsional, y con una Pensión Universal para el Adulto Mayor (PUAM) como única alternativa para quienes no logren completar 30 años de aportes, las historias como la de Gladys se vuelven todavía más urgentes: ¿Cómo se jubilan las trabajadoras que hicieron todo bien, pero que casi nunca estuvieron en blanco?

“Terminé la primaria y mi tía me consiguió un trabajo con cama adentro. Entraba los domingos a la noche y salía los sábados a la mañana. Cuidaba a los hijos, hacía el desayuno, limpiaba, cocinaba. Todo”, cuenta Gladys sin pausas, como si cada palabra estuviera pegada a una rutina ya incorporada al cuerpo. “No era consciente de que eso era explotación infantil. Para mí era necesario, no había otra opción. Mi familia no estaba bien económicamente”.

Como tantas niñas pobres en la Argentina, su destino fue marcado por la urgencia. Nunca llegó a la secundaria, aunque le hubiera gustado. “Quería estudiar enfermería. Hoy cuido a dos señoras de 91 y 95 años. Les tomo la presión, les doy la medicación, las baño. En parte, algo de eso estoy haciendo”.

Un trabajo invisible

El trabajo doméstico es una de las formas más extendidas de empleo femenino en el país, pero también una de las más desvalorizadas. Según datos oficiales, alrededor del 70% de las trabajadoras de casas particulares están en la informalidad. A pesar de su masividad, es una actividad históricamente invisibilizada, muchas veces fuera del radar sindical, político y social. Gladys lo sabe bien.

“Cuando entrás a una casa, tenés que adaptarte. Hay reglas, hay rutinas. Muchas veces te contratan para una cosa, y después te piden más. Si entrabas como limpiadora, terminabas siendo niñera y cocinera, pero sin cobrar ese extra. Hay que ser sorda, ciega y muda para conservar el trabajo”, dice con una claridad punzante.

Esa falta de reconocimiento se traduce en todo: sueldos bajos, nula protección laboral y muchas veces maltrato. “Nunca me alcanzó para vivir tranquila. Siempre ajustado. Y si a la familia le iba mal, lo primero que hacían era bajarte el sueldo. Como si una fuera prescindible, como si nuestro trabajo no importara”.

Hoy trabaja cama adentro en Posadas. Cuida a las dos hermanas mayores todo el día, y todo el día significa literal: “Es 24 horas. No es que uno está tranquila. Hay que levantarse a la noche a ver si están bien, si necesitan algo. Hay que estar atenta siempre”.

Gladys también fue madre y ama de casa. Durante algunos años dejó de trabajar afuera para criar a sus hijas. Pero incluso entonces, el trabajo seguía. “Hacía lo mismo que afuera, pero sin que me paguen –dice, y se ríe con cierta ironía–. Después, cuando mis hijas fueron más grandes, salí de nuevo a trabajar. Me organizaba sola. También hacía cosas para vender. Todo para traer algo más de plata a casa”.

Pero en su casa las tareas domésticas nunca se repartieron. “Era todo mi responsabilidad, aunque trabajara afuera. Y eso cansa. El cuerpo se resiente. Ahora que tengo 51 años, lo siento: la presión alta, los dolores, los huesos. El cuerpo habla”.

Jubilación: una utopía lejana

En marzo de 2024, el gobierno nacional decidió no prorrogar la moratoria previsional, lo que ahora implica que millones de personas que no lograron completar sus años de aportes no podrán jubilarse. En su lugar, podrán acceder a la PUAM a partir de los 65 años, una pensión que equivale al 80% del haber mínimo y que no incluye obra social propia.

La medida golpea especialmente a las mujeres, que por las desigualdades estructurales del mercado laboral y la sobrecarga de tareas de cuidado, tienen trayectorias laborales intermitentes, muchas veces sin aportes. Es el caso de Gladys, que trabajó toda su vida, pero en negro.

“Yo no me puedo jubilar a los 60. Y creo que deberíamos poder hacerlo. El cuerpo ya no da. Además, necesitamos una obra social, remedios. El trabajo doméstico está muy poco valorado. No se ve. Y es importante. Todos los profesionales, un médico, un abogado, quien sea, necesitan que alguien le limpie, le cocine. Pero nadie lo reconoce”.

Negociar con desventaja

Cuando le toca acordar un sueldo, Gladys siente que siempre está en desventaja. “El patrón se beneficia. Porque con una sola persona tiene limpiadora, niñera, cocinera, todo. Y después, para un aumento, hay que pedirlo. Pocas veces sale de ellos”.

Además de la precarización económica, también hay violencia simbólica. “Uno entra a lo más íntimo de una familia. Conoce sus casas, sus hijos. Muchos te tratan bien, pero también hay otros momentos dolorosos. Algunas veces hasta te acusan de haber robado. Fue horrible. Una está ahí, trabajando con honestidad, y que te pongan en la misma bolsa que otra persona que sí habrá hecho algo mal, duele. Mucho”.

Gladys no se victimiza, pero tampoco romantiza. Habla con la tranquilidad de quien sabe que no debe nada. Sabe que ha trabajado toda la vida. Que se ha hecho cargo. Que cuidó a muchos. Que nunca dejó de levantarse temprano.

“Me gustaría jubilarme a los 60. Pero si tengo que seguir, voy a seguir. Sería lindo que valoren lo que hacemos. Que le den la importancia que tiene. Porque este trabajo también mueve la economía. Porque también somos parte”.

En las palabras de Gladys hay verdad y una certeza: cuando el sistema arroja al olvido a las que sostienen el mundo desde lo invisible, hay que volver a escucharlas, a verlas. No por caridad. Sino por justicia.

Lectores: 650

Envianos tu comentario