Los Furlán, la familia que siembra futuro en las chacras de la provincia
La historia de la familia Furlán empieza en una pequeña chacra de Cerro Corá, en el corazón rojo de Misiones. A simple vista, su terreno parece uno más entre los miles que sostienen la agricultura familiar de la provincia.
Pero al observar de cerca, su chacra funciona como un pequeño mundo aparte: allí conviven cultivos diversos, árboles, senderos de tierra viva y una batería de prácticas productivas que combinan tradición, innovación y ciencia aplicada.
Lo que para otros productores es un desafío, para los Furlán siempre fue una oportunidad: producir más, pero con menos daño; cultivar de una forma que regenere en vez de agotar; demostrar que otra agricultura es posible, incluso desde una familia rural común.
Un legado que empieza con la tierra
El eje de la vida familiar es Juan Carlos Furlán, un productor que heredó de sus mayores el respeto por la tierra y que, con el tiempo, transformó ese respeto en un modelo productivo propio.
Mientras muchos agricultores quedaron atrapados entre el costo creciente de los insumos químicos y las exigencias del mercado, Juan Carlos eligió el camino más difícil: investigar, probar, fallar, volver a intentar y, con el tiempo, convertirse sin proponérselo en un referente de la agroecología práctica.
Su chacra fue una de las primeras en sumarse a los ensayos de trigo agroecológico impulsados por el sector técnico provincial.
No era solo un productor: era alguien que se involucraba en mejorar el método, plantear dudas, aportar ideas. Su curiosidad (y su paciencia infinita) marcaron el rumbo que seguirían sus hijos.
La mirada joven que cambió todo
La figura que sorprendió a todos en Misiones es Jazmín Furlán, la hija menor, que con apenas 15 años se convirtió en una especie de pequeña embajadora de la agricultura regenerativa.
Jazmín creció entre cultivos, animales y el olor dulce de la melaza fermentada. Para ella, la chacra nunca fue un lugar aislado: fue un laboratorio.
A los 12 años empezó a formular sus primeros bioinsumos. Experimentó con estiércol, suero de leche, ceniza y microorganismos locales para crear fertilizantes líquidos capaces de reemplazar productos químicos importados. Su iniciativa llamó la atención de técnicos, docentes y otros agricultores.
La familia como sistema productivo
Detrás de Jazmín apareció también Camilo Furlán, el hermano mayor, un joven que incorporó herramientas tecnológicas a la chacra: sensores de humedad, pequeñas automatizaciones caseras, cuadernos de campo digitalizados. Para él, la chacra del futuro no podía perder el alma campesina, pero tampoco quedar ajena a la tecnología.
Y está también Violeta, vinculada a proyectos de investigación en agroforestería, que aportó una mirada académica sobre cómo se relacionan las familias rurales con el bosque. Con ella, los Furlán entendieron que sus prácticas no solo eran productivas: eran parte de una forma de habitar el territorio.
Un modelo que hoy se estudia
La chacra Furlán se convirtió, casi sin que la familia lo buscara, en un espacio vivo de experimentación agroecológica. Técnicos, estudiantes y productores comenzaron a visitarlos para documentar su trabajo: cómo producían bioinsumos, cómo organizaban su sistema agroforestal, cómo manejaban suelos sin degradarlos.
Sembrar futuro desde donde nadie mira
Lo más poderoso de esta historia es que ocurrió lejos de las grandes ciudades, en una chacra familiar sin lujos, sin maquinarias de última generación. Ocurrió porque una familia decidió que la agricultura no tenía por qué repetir recetas viejas. Los Furlán no se consideran pioneros.
Ellos solo trabajan. Pero quienes los observan ven una familia rural que está ayudando a redefinir la agricultura misionera, desde adentro, con las manos en la tierra.







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