Perfiles Urbanos
Exclusivo de NOVA

Vilma: la ginecóloga que convirtió la menopausia en un trampolín

Vilma Rosciszewski es médica ginecóloga.
Frenar su rutina habitual al mismo tiempo que atravesaba la menopausia le dio la oportunidad de tomar consciencia de los cambios que estaba atravesando su propio cuerpo y sus emociones.
“Salir a correr, volver a nadar, fue volver a enfrentar un desafío que me devolvió muchísimo entusiasmo“.
La experiencia personal en la vida de Vilma se tradujo en lecciones concretas que aplicó luego al tratamiento de sus pacientes y en los consejos que brinda a sus seguidoras en su cuenta de Instagram.
“Si estoy bien, mis hijos y quienes me rodean también lo están”, asegura Vilma.

Había una vez una mujer que corría tan rápido contra el tiempo que se le pasó la vida por delante sin mirar hacia adentro.

Vilma Rosciszewski, médica ginecóloga de 56 años, era esa persona: una whirlwind de guardias, partidos de tenis improvisados, congresos médicos y fiestas de cumpleaños de sus hijos. Su vida era un calendario de hojas arrancadas al vuelo. Hasta que el mundo se detuvo.

Fue en 2020, en esos días grises de encierro que hoy preferimos archivar en el baúl de los malos recuerdos. La pandemia obligó a Vilma a frenar.

Y en esa quietud forzada, frente al espejo de su baño, se encontró con una extraña: una mujer con las huellas del cansancio marcadas a fuego, muy distinta de aquella joven curiosa y voraz que llegó desde Posadas, Misiones, a los 18 años para estudiar medicina en la UBA. ¿Dónde estaba esa versión de sí misma que nunca decía que no a un asado espontáneo o a una carrera bajo la lluvia?

Esa revelación incómoda coincidió con un proceso biológico que ella, como ginecóloga, conocía mejor que nadie: la menopausia.

Lo que para muchas mujeres representa un territorio de silencio, vergüenza y confusiones, para Vilma se transformó en una oportunidad. Tenía una elección clara: resignarse al relato social que asocia esta etapa con el declive, o reinventarse.

El llamado del triatlón (y el fantasma del agua)

Cuando una amiga le propuso sumarse a un grupo de triatlón apenas se aflojaron las restricciones, Vilma dijo "sí" con una certeza que la sorprendió. Ya había coqueteado con la disciplina a los 38, pero siempre la postergaba: los turnos, los hijos, la vida. Esta vez sería diferente.

"Empecé a entrenar y no paré nunca más", recuerda. Volver a correr, a sentir el viento en la cara, y especialmente, regresar al agua después de cinco años, le devolvieron una chispa que creía perdida.

Pero había un detalle no menor, un viejo fantasma que amenazaba con reaparecer: el miedo al agua. A los 13 años, Vilma casi se ahoga en el mar. La escena quedó grabada en su memoria como una herida abierta.

Aprendió a nadar de adulta, casi por obligación, cuando su exmarido le dijo que debía hacerlo por si los niños necesitaban ayuda. Lo que comenzó como un deber se convirtió en una conquista personal. La pileta fue fácil; el mar, en cambio, fue el verdadero monstruo a enfrentar.

Olas que la revolcaban, tormentas inesperadas, la inmensidad sin límites… El pánico era una sombra que nadaba a su lado. Para vencerlo, trabajó con una psicóloga deportiva que le enseñó a domar sus miedos a través de la respiración, la exposición gradual y las visualizaciones.

El terror no desapareció por completo, pero se transformó. Dejó de ser un obstáculo paralizante para convertirse en un motor. "El miedo ya no me frena, me impulsa", confiesa.

La menopausia como aliada, no como enemiga

Vilma no solo volvió al deporte; lo hizo con una misión. Comenzó a trasladar su experiencia al consultorio y, más tarde, a las redes sociales. Su mensaje es claro y contundente: "Moverse en la menopausia no es opcional; es una indicación médica, como tomar una pastilla para la hipertensión".

Con la precisión de quien domina su arte, explica cómo el ejercicio eleva las endorfinas, frena la pérdida de masa muscular, previene la osteoporosis y mejora el ánimo. Reconoce que la caída de estrógenos afecta el rendimiento, pero se niega a usarlo como excusa. "La terapia hormonal puede ser una herramienta, pero nunca reemplazará la tríada mágica: ejercicio, alimentación y acompañamiento profesional", sentencia.

Lo fascinante de su enfoque es cómo humaniza la ciencia. No habla desde un pedestal, sino desde la trinchera. Ella es, al mismo tiempo, la doctora y la paciente, la atleta y la menopáusica. Sabe lo que es despertarse con bochornos y, aun así, calzarse las zapatillas para salir a entrenar bajo la lluvia.

El desafío de mostrarse sin filtros

"Convertirme en influencer fue como enfrentarme al agua otra vez", confiesa Vilma.

Pararse frente a la cámara, mostrar su vida sin maquillajes, fue al principio un territorio tan intimidante como aquellas aguas abiertas que tanto miedo le daban.

Hoy, sus redes sociales son un ecosistema de complicidad y sororidad. Comparte desde los mensajes de ánimo que intercambia con su grupo de entrenamiento antes de una competencia, hasta las caras de felicidad y agotamiento al cruzar la meta. Sus seguidoras (ya superan el millón y medio en TikTok) no son simples números; son compañeras de viaje.

A través de pantallas, les habla de sexualidad, derriba mitos sobre la menopausia y, sobre todo, las invita a moverse. No importa si es una maratón o una caminata alrededor de la plaza; lo esencial es no quedarse quietas. Su credencial es doble: el título de médica y las cicatrices de sus propias batallas.

El círculo virtuoso: cuando la vida personal y profesional se abrazan

Lo más interesante de la transformación de Vilma es cómo logró integrar sus mundos. Su consultorio ya no es el único espacio donde ejerce la medicina; también lo hace en cada charla, en cada posteo, en cada conferencia donde combina evidencia científica con anécdotas personales.

Descubrió que, así como pudo domar su miedo al agua, también podía pararse frente a una cámara o un auditorio lleno de personas. "Nada es imposible y ninguna edad es tarde para empezar", repite como un mantra. Su historia es un recordatorio de que las segundas oportunidades (y las terceras, y las cuartas) existen para quienes se atreven a buscarlas.

Hoy, sus días siguen comenzando temprano, a las 7 de la mañana, pero ahora los vive de otra manera. Entre consultas, entrenamientos y reuniones con amigas, hay una nueva paz, una complicidad consigo misma que antes no existía.

"Si estoy bien, mis hijos y quienes me rodean también lo están", reflexiona. Su función, dice, ya no es solo curar, sino motivar: "Que las mujeres entiendan que esta etapa no es el final. Podemos estar activas, felices y sin dolores, sin importar la edad".

Vilma no encontró la fuente de la eterna juventud (sabe demasiado de biología para creer en esos cuentos), pero sí descubrió algo más valioso: que la menopausia puede ser un nuevo comienzo, y que el miedo, cuando se lo mira a los ojos, a veces se transforma en el mejor aliado.

Lectores: 241

Envianos tu comentario

Nombre:
Correo electrónico :
Comentario: